Cronología del Antiguo Perú

20,000 años de creaciones. Los primeros habitantes

            El hombre, el personaje zoológico del orden de los  primates, científicamente denominado Homo sapiens sapiens, nuestra propia especie -según los datos que manejamos en la actualidad-, aparece muy probablemente, en el centro norte del África, o en las cercanías de los grandes lagos de ese continente, en torno a los 6’000,000 de años atrás, como producto de la evolución natural, a partir de formas subhumanas. No existe en América, de otro lado, huella alguna del personaje humano que llegue más allá de los 100,000 años de antigüedad. Ello significa que el proceso evolutivo que ha transformado a las antiguas especies del Australopithecus (Homo) afarensis, del Homo habilis, del Homo erectus y otras formas más, ya desaparecidas, ocurrió fuera del Nuevo Mundo, el que fue ocupado, aparentemente, entre los 40,000 y máximo los 100,000 años atrás, por varias y diversas olas migratorias que vinieron principalmente del norte de Asia, a través del estrecho de Bering o siguiendo la ruta de las islas Aleutianas, en momentos en que el proceso de las glaciaciones del Pleistoceno había hecho descender el nivel de las aguas del mar aproximadamente a unos 120 m por debajo de la cota actual de playa de Alaska, por lo que, tanto el hombre como la megafauna del Viejo Mundo de aquel entonces que arribaron aquí, pudieron atravesar sin dificultades el valle que separaba en aquellos tiempos América de Asia, quedando ciertas dudas en torno a la identidad de los grupos que realizaron tal travesía –la mayoría de autores actuales considera que se trata de protomongoloides o protocaucasoides-, y hay fuerte incertidumbre en las fechas de cuando fue que ocurrió tal migración.  

            No existe, en cambio,  mayor discusión en torno a las condiciones tecnológicas y estéticas de los primeros habitantes de este Nuevo Continente: se trataba, sin duda alguna, de bandas de recolectores y cazadores de mamutes, mastodontes, machaidorus (tigre-dientes-de-sable) y otras formas similares de animales gigantescos que les proporcionaron carne y pieles a esas gentes, para enfrentarse al duro clima de aquel entonces, así como sus huesos para diversos fines. Personajes que empleaban mayormente, un instrumental de piedras toscamente labradas a percusión, bifaciales en su mayor parte, cuando ya para ese entonces, habían domesticado al perro, que acompañaba a estos cazadores primitivos, descubridores y primeros ocupantes del Nuevo Continente.

           Con la última expansión del casquete glacial debieron fundirse los centros helados norteamericanos de “Laurentia” y de la “Cordillera”, creándose entonces una capa de hielo de hasta 3,000 m de espesor, con frente hacia el norte, donde se formó un casquete helado, cambiándose aparentemente el régimen pluvial y descendiendo notablemente el nivel del mar, lo que permitió entonces que quedaran al descubierto áreas que hoy están bajo las aguas, en lo que ahora es el Estrecho de Bering, emergiendo  puentes de tierra que permitieron el paso de hombres y animales de un lado a otro de ese valle, o por el rosario de las islas Aleutianas, que forman un arco sobre el Pacífico Norte y que posibilitaron la comunicación entre la península de la Kamchatka y Alaska, como ya lo señalamos arriba. Desde Beringia hasta el extremo sur del continente (es decir, el Estrecho de Magallanes), el personaje humano experimentó encuentros con numerosas formas animales y vegetales distintas por cierto, a las que ya conocía, variadas y novedosas; tuvo también que enfrentarse entonces a extensos páramos, llanuras herbáceas, bosques tropicales, áridos arenales, altas montañas de picos nevados, grandes y caudalosos ríos, valles profundos y áreas pedregosas y desérticas, que le obligaron a recurrir a su ingenio para lograr adecuarse a ese cambiante medio natural, así como a las variaciones  climáticas que se produjeron en esos tiempos como consecuencia de avances y retrocesos de los hielos, al compás de una evidente mejora en sus instrumentos y herramientas para conseguir el alimento necesario para su subsistencia. Junto a ello, debió ir desarrollando formas de trabajo y convivencia, así como de confrontación, entre los conformantes de cada banda de cazadores, recolectores o pescadores que se fueron asentando en los territorios que les ofrecían ventajas aparentes para su supervivencia por la presencia de agua, vegetales o animales, adecuándose poco a poco, con las variadas condiciones del nuevo medio, allí donde el ecosistema posibilitaba la vida.

           En el extremo austral del continente, de otro lado,  se ha podido encontrar una serie de pruebas de la presencia de grupos de australoides, como lo presintiese Mendes Correa -y parece haberlo demostrado recientemente Cárdich-, mientras que los hallazgos del norte continental más bien señalan a pueblos siberianos primitivos (protocaucasoides y protomongoloides) y se ha postulado, especialmente por estudios etnográficos y lingüísticos -sobre todo por Paul Rivet y por Imbelloni-, que diversos grupos polinesios y melanesios tuvieron contactos de variada intensidad y en diversos momentos con los amerindios, sobre las costas del Pacífico. La también posible presencia de migrantes desde las Islas Canarias o desde el continente africano como se ha venido especulando por algunos pocos autores, -especialmente Alcina Franch- está, por ahora, descartada, ante la ausencia de pruebas aceptables de tales movimientos migratorios a través del Atlántico, por más que algunos cuantos escritores insistan en esa suposición, lo que puede ser consecuencia de planteamientos prejuiciosos, que no pretendemos debatir aquí. Las fechas pueden discutirse, y es evidente que aún faltan estudios sobre el tema, pero de lo que no cabe duda ya, es que el hombre no es originario de América, habiendo quedado totalmente desechado el planteamiento autoctonista, que con tanto entusiasmo presentara Florentino Ameghino y otros personajes novomúndicos, tesis por lo general, de corte algo romántico y nada científico por cierto. El ser humano es un recién llegado a estas tierra que, según suponía Bosh Gimpera, procedía de la región siberiana del entorno del lago Baikal, de algún punto entre los ríos Lena y Amur, luego de comparar el instrumental lítico del que disponían esos antiguos migrantes, sobre todo con los de los primeros habitantes de Alaska; un segundo grupo migratorio correspondería a los grupos na-dene (hoy ubicados en el noroeste del Canadá), y, finalmente, una tercera y última ola migratoria, que claramente estuvo constituida por los ancestros de los actuales aleuto-esquimales,  quienes presentan rasgos mongoloides más evidentes que los demás amerindios. Se trataba reiteramos, en lo básico, de bandas de recolectores-cazadores, nómades, que empleaban refugios naturales allí donde los había,  y que se enfrentaban a los cambios estacionales del econicho a donde llegaban, lo que los obligaba a un constante desplazamiento en busca de fuentes alimenticias que recolectar para poder sobrevivir. Las costas del Pacífico y las fuentes acuíferas, sin lugar a dudas, pudieron posibilitar entonces una cierta estabilidad a estas gentes, por la presencia de mayores recursos alimenticios, dejando a su paso extensos conchales que muestran una evidente dependencia de los recursos marinos.

                 Las gentes llegaron aquí, con un bagaje cultural y tecnológico mínimo,  equivalente al del Paleolítico Inferior o Medio del Viejo Mundo; es decir casi en la etapa del Musteriense europeo, habiendo tenido que  desarrollar necesariamente su inventiva como consecuencia de su contacto y conocimiento de la realidad novomúndica, con una megafauna impresionante, a la que se enfrentaron mejorando el instrumental lítico que habían traído desde sus lugares de origen. Frutos de ese desarrollo son las puntas de lanzas, dardos o flechas pertenecientes a los estilos Folsom, Sandia y Clovis, que muestran cómo se fueron perfeccionando los instrumentos para la caza, conforme iba cambiando el cuadro de los recursos de los que se alimentaban preferentemente, al tiempo que la mejora en la tecnología de preparación de estos instrumentos, lo que posibilitó también avanzar en la calidad y belleza de las formas que se fueron logrando, al desarrollar sus habilidades manuales y estéticas en su fabricación, así como en el mayor y mejor conocimiento de las virtudes o defectos del material empleado. Entre los 15,000 y 9,000 años antes de nuestra era, se difundió por todo el continente la punta lítica de dardo denominada “Folsom” (yacimiento ubicado en Nuevo México, Estados Unidos), asociada a un gran bisonte ya extinto (Bison taylori), a mamutes, tapir y caballo. Para el 9,500 a. C. aparece la punta “Clovis”, que se encuentra en relación al mamut y al caballo primitivo sobre todo. Las puntas “Scottsbluff” y “Eden”, acompañan al cuchillo “Cody”, que se difunde desde las Grandes Praderas de Norte América hasta el Perú. Entre el 9,000 y el 7,000 a.C., las puntas líticas acanaladas de los cazadores de las Praderas, se transforman en reales obras de arte por su elegancia y la extraordinaria calidad de su realización mediante reiterados retoques a presión en los bordes de las piezas que logran así filos continuos y superficies bastante adecuadas a la actividad cinética.

         Uhle planteó inicialmente una relación, diríamos filial, entre Mesoamérica y los Andes, tesis que ha sido dejada de lado -en forma parcial- actualmente, lo que no debe obscurecer la presencia en realidad de ciertos contactos entre estas dos importantes áreas del proceso civilizatorio de la antigua América. Así, no se ha estudiado seriamente hasta ahora, el desarrollo de un antiguo culto al fuego –del que creemos existen fuertes paralelos entre Mesoamérica y el área Centro Andina Surcontinental- y tampoco ha tenido mayor atención la presencia de estructuras del precerámico de la costa norte del Perú, por ejemplo, las  que aparentemente, por sus formas –en I-, se corresponden con las canchas del juego de la pelota mesoamericanas, detectadas en el espacio comprendidos entre el valle de Casma al de Chao, a lo que deberá agregarse ciertas concepciones estéticas de Sechín y Chavín especialmente, que se asemejan enormemente a las formas que pertenecen al mundo Olmeca –Monte Albán y Tlatilco sobre todo-, en el Preclásico mexicano.  Los restos más antiguos que se han podido conectar con la presencia inicial del hombre en el territorio peruano son -por el momento-, los informados por Richard Mac Neish, con unos 22,000 años antes del presente, restos correspondientes a residuos de animales primitivos, cazados por los antiguos habitantes del área central andina, entre los que destacan el caballo americano (eohippus), el smilodonte, el machaidorus (tigre-dientes-de-sable), el mastodonte, el megaterio, el mamut y una forma de paleo auchenia, ubicados en Pacaicasa y Piquimachay (Ayacucho). El instrumental -bastante primitivo por cierto-, empleado por aquellos cazadores nómadas, era fabricado de piedras percutidas, de formas toscas, sin retoque. Para una segunda etapa, Mac Neish descubre machacadores, buriles y raspadores de piedra, burdamente trabajados, también sin  retoques, esta vez asociados con huesos de animales, ceniza y carbón de madera, dentro de cavernas del área de Ayacucho, continuándose en esos momentos, con una economía basada en la caza de animales silvestres y la recolección de vegetales.

            No tenemos aún claramente definida cuál fue la ruta de entrada seguida por los primeros habitantes del territorio andino peruano; podemos considerar que, por lo menos, hay tres posibilidades de ingreso, que deberán ser confirmadas por el desarrollo de investigaciones posteriores: a) por la línea de costa del Pacífico; b) por la parte alta de los Andes (3,000 o más metros sobre el nivel del mar, en el límite entre glaciares y pastizales); y, c) siguiendo los ríos amazónicos y los pasos intermontanos que comunican el área oriental con el poniente. Por los bordes costeros del continente es aparentemente fácil el camino, aunque tenemos serias dificultades para encontrar las huellas de tal desplazamiento, pues hace 20,000 años o más, la plataforma costanera se proyectaba más oeste que en la actualidad; parte de ella se ha desplomado y se han hundido sectores enormes de las antiguas playas, quedando como testimonio de esa prolongación terrena un conjunto de islas frente a las costas, así como extensos barrancos costeros, que parecieran señalar que su conformación es debida al embate de un enorme tsunami, habido en época no bien precisada aún. La subsistencia de las gentes para entonces, estaba asegurada por la presencia de grandes bancos de conchas, que posibilitaron a los antiguos recolectores procurarse el alimento sin mayores esfuerzos, especialmente en la desembocadura de los ríos, reforzándose la dieta procedente de esos mariscaderos con la cacería de los grandes animales, megafauna que usaba el agua y ramoneaba en los pastos a los bordes de esas corrientes o de los abundantes manantiales que aparecen en los sectores bajos pre marinos –albuferas-, así como practicando la recolección de productos vegetales silvestres que aparecen en sucesión temporal en variados espacios de los valles costeños, algunos de los cuales, ya domesticados, pasarán a formar parte de la dieta de los pobladores de este espacio en aquellos tiempos, e incluso, muchos de ellos han permanecido –ya incorporados a nuestra cocina- en los huertos de costa, quebrada (yunga) y serranías.

           Ello explicaría el por qué de la presencia de los varios yacimientos ubicados casi en la desembocadura del río Chillón, por ejemplo, donde se han ubicado talleres de fabricación por percusión, de toscos y pesados instrumentos en Cerro Chivateros, Cerro Cucaracha, Oquendo, Zona Roja, etc., con fechados tentativos sobre los 10,000 a. C. Geológicamente, hay testimonios de alternancias climáticas en ese entonces, cuando estaría produciéndose un optimun climaticum, con abundancia de lluvias y pastos que posibilitaron la presencia de los grandes herbívoros que ramoneaban en el área, como se ha venido constatando.  Por el lado de la Amazonía, en cambio, se supone que debieron seguir el desarrollo de los ríos que, desde el norte, desembocan en el Amazonas, y desde allí, surcando las corrientes fluviales, alcanzaron las áreas propiamente andinas a  la que pudieron llegar mediante el cruce de los diversos pongos que posibilitan el paso desde la llanura amazónica al área andina central. Algunos investigadores norteamericanos han aportado nuevos criterios a la tesis de una procedencia amazónica de las altas culturas peruanas, que había sido planteada por Julio C. Tello e incluso antes, por Middendorf. Así Lathrap, cree ver en la iconografía Chavín, caimanes o yacarés (Melanosuchus níger) y águilas arpías (Harpia harpya) -sin lugar a dudas parte del mundo zoológico de la Amazonía, y no de las altas cumbres de la Cordillera-, mientras que Peter Roe cree encontrar entre esos mismos diseños representaciones de boa (Boa constrictor) y piraña (Serrasalmus spiropleura), especialmente dentro de los diseños del Obelisco Tello, personajes que también corresponden a especies que viven en el área boscosa de la llanura amazónica.

           De la tercera ruta, que se desplaza por la Cordillera, encima de los 3,000 metros sobre el nivel del mar, bordeando las nieves, que alcanzaban claramente por entonces cotas inferiores a las actuales, de lo que existen testimonios probatorios dispersos, como son sobre todo las morrenas terminales de ese proceso. Se trataba en general, de pueblos cazadores y recolectores que usaban instrumental lítico para la cacería de sus presas y empleaban refugios rocosos y cavernas para protegerse de las inclemencias del clima, casi siempre en la vecindad de fuentes o corrientes de agua, adonde acudían tanto ellos como las víctimas de su actividad cinética. La dieta debió entonces, complementarse con la recolección de semillas, raíces, frutos, bayas, carne de aves y de camélidos, roedores y otros animales. Por ahora, entonces, podemos concluir que el hombre llegó a nuestro territorio en la última etapa del Pleistoceno y que convivió aquí con la megafauna existente entonces en este territorio: el perezoso gigante (Megaterio), el mastodonte, el tigre-dientes-de-sable, el mamut, caballos de poca alzada y otros animales que desaparecieron de nuestro continente hace unos 10,000 años atrás, como parecen  probarlo entre otros, los hallazgos de Pampa de los Fósiles, en Pacasmayo, así como los trabajos de Paul Ossa en La Cumbre, en Trujillo.

          La presencia de dos o tres tipos de venados, de los camélidos sudamericanos (guanaco, vicuña, llama, alpaca), de varias aves y de grandes roedores de diversas especies, va a acondicionar sin duda, la aparición y empleo de las puntas de proyectil, derivadas probablemente de los modelos Clovis y Folsom, de las Praderas de Norte América, caracterizadas por la excavación  de una acanaladura, a lo largo de la lámina lítica, lo que facilitaba el desangrado de la pieza cazada, al modo de las modernas bayonetas; hay pruebas además que en  ese tiempo se desarrolló también otro tipo de punta, denominado en “cola de pescado”, que posibilitaba una mejor sujeción a mangos o astiles de madera; encontrándose también puntas lanceoladas, con pedúnculo, de mayor tamaño, a las que se está llamando de tipo “Paiján”, y además, se usó con cierta frecuencia de láminas de obsidiana bifaciales retocadas.                                                        

Por: Francisco E. Iriarte Brenner

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