Relatos desde las Alturas: El Shengo by Francisco Iriarte Brenner

Muy pocos sabían su nombre de pila, solo se tenía entendido que había nacido en Araguay, donde la uta (leismaniasis) le había carcomido la nariz y parte del labio superior, y, aunque los canteños no saben hablar quechua, lo cierto es que lo bautizaron con ese nombre: “shengo”: que en runa simi quiere decir nariz, con el que lo identificábamos, los habitantes de la villa, capital de la serrana provincia de Lima. 

Las varias veces que estuve en Quives, escuché el temor de las gentes por el contagio de la maligna uta, que desfiguraba el rostro del más pintado, así que en la medida de lo posible las gentes evitaban el ir a Araguay –y menos pasar la noche allí-, pese a que ya contaba –y desde hace buen tiempo- con una carretera afirmada, bastante bien trazada y conservada, que salía de Quives hacia las alturas, por la banda izquierda del río, que descendía desde allí y alcanzaba al Chillón a la altura de Hornillos.

El Shengo vivía en Canta, en un par de cuartuchos, al fondo de un antiguo caserón, frente a la cruz de Roqcha, con su mujer y sus seis hijos de variada edad, creo que no pasaba de los 12 años el mayor de ellos, y el menor debe haber tenido unos tres añitos, quienes  se mantenían gracias a la caridad pública y a algunos pequeños latrocinios que solían realizar.

Recuerdo a este personaje, con su gastada vestimenta, un ajado sombrero de paño, que alguna vez debió haber sido de color gris. La parte baja del rostro iba siempre cubierta por una gruesa chalina de lana marrón oscuro, que dejaba espacio solo a unos penetrantes y renegridos ojos inquietos y algo saltones, lo que no permitía distinguir sus facciones, aunque decían muchos que la nariz estaba totalmente perdida por la leismaniasis, que había destruido la carne y que era realmente desagradable de ver, lo que nunca intenté curiosear para nada.

Su voz, a lo que recuerdo, parecía surgir no de su boca sino de la lejanía, aunque no estaba precisamente distorsionada, se sentía más bien como apagada y ello podía achacarse a tener cubierta la boca por la chalina que nunca dejaba de ponerse a modo de enmascaramiento.

Su paso, al caminar, era lento y rara vez salía a la calle, y cuando lo hacía, siempre en compañía de la esposa o de alguno de sus hijos, llevando en las manos, de gruesos y largos dedos, un costalillo, en el que colocaba las dádivas que recibía de doña Rosa, don Goyo, don Isaac, la Sra. Paniagua, Celso, los hermanos Soto, el Saturnino, don Clemente, el maestro Ponce, el grifero Sas, Lucas, el peluquero, el talabartero García, Doña Domitila, don Jerónimo, y, prácticamente, de todos.

Se le solía proporcionar productos alimenticios: panes, arroz, azúcar, fideos, etc. que completaban así la dieta de yerbas y frutos de la tierra que tanto él, como la esposa, recogían de los bordes de las chacras o de los terrenos que ya habían entregado sus cosechas, rescatando las papas “chiuche”, así como los remanentes de otros cultivos.

Un día de esos, el “Shengo” falleció, al parecer de un infarto –o al menos eso le oí decir a Ángel, que estaba estudiando Medicina por aquel entonces-, y no quedó más que ayudar a la viuda en el entierro del marido. Un buen grupo de gentes acudió a darle sepultura al cadáver –creo que algunos estuvieron allí para asegurarse de que el personaje estaba muerto en realidad y no por caridad o cristiana ayuda a esa familia- y recuerdo bien que no se le puso en un ataúd sino en una angarilla, a la usanza de los tiempos antiguos, envuelto en sus ropajes y una sábana que alguna vez fue blanca, a manera de sudario. Si no me equivoco, el abuelo del Chavecito se encargó de excavar la sepultura en la parte alta del cementerio, habiéndole dado un par de soles por esta tarea el cura párroco y otro tanto el alcalde, que era entonces Don Benjamín. 

Luego de dejado en su lecho final el Shengo, se procedió a colocarle encima, también a la antigua moda -como constató años después el Dr. Federico Engel-, grandes piedras que –al menos teóricamente-, impedirían que el alma del difunto saliese de su tumba a molestar a los vivos, lo que aparentemente no funcionó, seguramente por alguna falla en las fórmulas recitadas en la ocasión, con la oposición del Señor Cura que señaló airadamente que ello no era más que superstición. Finalmente, unos cuantos de los presentes, con pala en mano, rellenaron el hueco sepulcral con la tierra excavada del mismo sitio y se colocó en el túmulo resultante una rústica cruz, hecha con las maderas de otras y más antiguas cruces, que andaban regadas por el suelo del camposanto.

Tiempo después -habrían pasado unas tres semanas- en una noche brillante, con una gran luna que iluminaba como un reflector, cuando el Fermín llegó muy nervioso a la casa para avisar que había visto a alguien en el maizal del canchón, cosechando los choclos que estaban esperando su recolecta para dos días más, pues ya estaban a punto. Ante el aviso, Víctor, Eduardo y yo fuimos corriendo, cuesta abajo y haciendo bastante ruido, para asustar al ladrón que estaba cargando con el maizal y así evitarnos un pleito en el que alguien podía salir lastimado.

Momentos después llegaron don Goyo y el Marín, quienes constataron también, junto con nosotros, que había una persona extraña  que iba doblando las cañas del maíz y extrayendo los tiernos choclos en medio de la chacra. Algo ocurrió para que don Goyo comprendiera que no se trata de un ser de este mundo, sino que era el espíritu del Shengo, quien estaba recogiendo los tiernos maíces y comenzó entonces a reprenderlo a grandes voces y haciendo uso de palabrotas que hasta entonces no había oído salir de su boca.

Lo extraordinario del caso es que cuando llegamos al lugar donde habíamos visto a ese ladrón, simplemente, y para nuestra sorpresa, no había nada allí, ni una caña de maíz doblado, ninguna planta arrancada, no había huellas en el suelo ni quintalillo alguno cargado de choclos. Por cierto que el suceso nos llenó de temor y salimos casi en estampida del sitio. Y esto no es cuento, fui testigo del hecho y hasta ahora no me puedo explicar, racionalmente al menos, que es lo que ocurrió en este caso.

Claro está que había modo de entender y capear el asunto, y creo que fue doña Domitila, la mamá de don Veladio,  quien despejó el problema, había que hacer unas misas en homenaje y recuerdo del alma del Shengo, para que éste pudiese estar en paz y dejar el mundo de los vivos, y que no fuera a crear situaciones de miedo cerval entre quienes nos manteníamos en este mundo. Y así fue: una octava de misas vespertinas, celebradas por el cura Cabrera, el párroco de la Doctrina canteña de aquel entonces, concluyeron por dejar al Shengo en su nueva dimensión y nunca más –que yo sepa-, volvió a asustar a las gentes.